Leo prefiere siempre las cosas
grandes, ya si por fortuna nace en él un amanecer de poseerlos como por el de lucirlos y causar impacto.
Si un
Leo no consigue salir adelante se torna
neurasténico y
arrogante. Esta debilidad en su fuerza vital le atenaza con continuas reflexiones y preocupaciones.
Muchas veces esta ingenuidad acaba perjudicándole. Para él es incomprensible que no se tenga su mismo “
código de honor”.
Las acepta siempre aunque se dé cuenta, pero raramente advierte la mera adulación. No se ofende, es
elegante en el perdón. Le gusta muchísimo ostentar su riqueza, ser
magnánimo, incluso más de lo necesario.
No soporta las cosas
escuálidas y
míseras; le cuesta admitir las críticas a su persona; odia las intrigas y las complicaciones y tiende siempre a no ser mezclado en ellas.
Los
Leo saben utilizar toda su energía para no encontrarse en condiciones desfavorables. Generalmente lo logra, gracias a su notable constancia y a su profundo tesón.
El bienestar es para él no tan sólo una cosa muy agradable a la que aspira, sino una necesidad, como en el
amor. Vigoroso, posee una positiva concepción de la vida y de las metas que quiere conseguir.
No siendo excesivamente
espiritual, se presta a realizar meditaciones profundas; apunta al éxito y al poder logrando con frecuencia alcanzar aquello que se ha propuesto.
Muestra gran aprecio por el
dinero, pero tiene importantes gestos de generosidad, especialmente cuando pueden originar admiración hacia su persona.
Si da, quiere hacerlo por propia iniciativa, sin que le sea pedido. Lleno de
fe en sí mismo, además de ser dispuesto y
voluntarioso, posee una fuerte personalidad, la cual quiere poner en evidencia y que sea reconocida por todos.
Tiene grandes dotes de organización. En las decisiones es
puntilloso,
impaciente, la mayoría de las veces descuida los detalles para llegar a una rápida conclusión; aspira a la independencia absoluta, es sensible a la estima incondicional y nada le satisface más que el reconocimiento de sus propias cualidades.